Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.
Imagen del Bastón presidencial de la República Argentina.
Museo Casa Rosada / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)

Déjenos gobernar

“Dejen gobernar” repiten los acólitos de cambiemos. Un latiguillo fácil que encierra la enorme vocación antidemocrática de la república liberal.
¡Córrase Señora!

“Dejen gobernar”, qué frase tan preciada por los oficialistas y siempre bien a mano, cual mata moscas al que se recurre ante una plaga indeseada, una frase que requiere ser  analizada dada la premisa democrática liberal que encierra.

Ante todo, este latiguillo plantea que hay unos que gobiernan y otros que no. Eso es lo más obvio. Luego está eso otro: vos no sos parte del pro, no te metas, no tenés derecho a entorpecer al plan de gobierno. Parece que un proyecto político que gana las elecciones tiene derecho a hacer y deshacer gracias al apoyo del 51%; ¿y el 49%? Perdió, se jode. “Si no les gusta, que armen un partido político y ganen elecciones”.

¡Oiga! que esto que están planteando es un gobierno impermeable e intocable y acá es donde hay que bajarse de la moto y pensarlo no dos, sino varias veces.

Aclaremos los tantos, ¿nuestra democracia implica esto?¿Existe sólo y únicamente, como ser supremo, el Estado y nada más? No es correcto que un proyecto político que llega al poder estatal puede desoír a quienes no lo votaron. No insista señora: esto no es así. Que hoy esté sucediendo como si fuese moneda corriente no debería naturalizarlo, sino lo contrario, tarde o temprano tiene que encontrar un límite.

Comportamiento de las partes

El origen de esta tendencia de desligar responsabilidades que encierra el “dejen gobernar”, de quedarse al margen, de delimitar hasta donde llega cada uno es probable que venga de ciertos hábitos culturales de quienes hoy nos gobiernan. A rasgos burdamente generales, los sectores populares por cuestiones culturales y de supervivencia suelen tender a la búsqueda de soluciones colectivas. En cambio los otros, esos que no se consideran parte de lo popular, sino de un aglomerado más o menos deforme de la gran clase media y la oligarquía. Ellos de soluciones colectivas no entiende nada. O peor, les molestan. De lo que sí entienden es de negocios, o al menos así parecia hasta que armaron un partido político y ganaron elecciones.

Para unos entrás si te organizas y estás presente. Para otros entrás si tenés para hacer un negocio. Desde esta forma de resolver las contingencias es como también cada uno se para frente al Estado.

Y el Estado, ¿qué?

El Estado no es impermeable, el gobierno lo está haciendo así. El ejercicio de la ciudadanía no se recorta en votar cada dos años o no debería. Si no, cuando no te toca votar ni sos gestión del Estado, ¿qué sos?¿No sos más un ciudadano? Claro que sí.

Parece una charla entre eternos ganadores que por primera vez perdieron discutiendo con unos eternos perdedores que por primera vez ganaron y salvo la copa no saben sostener más nada. Pero eso es simbólico, triunfalista, verticalista e incorrecto; alimentado por una concepción de Estado fuertemente presidencialista y personalista. A esto se le sumó la actual gestión CEO, que maneja lo público como si fuera privado. Y las consecuencias se pueden ver en el recorte sobre a quién eligen como interlocutor: si no sos un socio potencial no tienen nada que hablar con vos; y si no te gusta su servicio, cual cliente o consumidor (oiga, que somos ciudadanos!), te jodés. Con esas zapatillas ¡no entras papá!

Gobernar y gobernarse

Por todo esto es necesario aprender a utilizar todas las herramientas que nos brinda el sistema democrático para interactuar con el Estado. Tenemos que refutar que solo gobiernan los que ganaron las elecciones y lograr justamente que nos dejen gobernar.

¿cómo que a quiénes? A nosotros, los ciudadanos. Ese que está en el poder está ahí por nosotros, y ese “dejar hacer” hay que darlo vuelta y responder muy claro: quien está ahí está al servicio del pueblo, es decir, de todos; y si una mayoría ciudadana dice “por acá no va” no debería ser posible ignorarlo.

Ahora vamos a lo importante:¿desde dónde se plantan los ciudadanos ante el Estado? sí, voy a hablar de las tan estigmatizadas organizaciones sociales.

Los interlocutores válidos y los que no

Nuestra democracia incluye instituciones que interactúan con el Estado, como los partidos políticos, las organizaciones sociales y los sindicatos. Y el gobierno, parece que hay que recalcar hasta lo obvio, gobierna sobre todos los ciudadanos, no solo sobre sus votantes.

Parte de gobernar implica llegar a consensos e intercambios con las demás instituciones que representan a diferentes sectores de la sociedad.

Ese que se sienta en el sillón de Rivadavia, así esté de viaje o de vacaciones, es el presidente de todos, por mucho asco que le dé a unos y placer que le dé a otros; y parte de su deber es representar y escuchar a todos.

Y uno diría: “es imposible escuchar a los 42 millones de argentinos”, pero para eso están las organizaciones antes mencionadas, para representarnos!

El Estado debe ser más permeable y los ciudadanos deberíamos participar en las instituciones. Toda organización con historia tiene momentos de orgullo y otros de deshonra. No tiene sentido mantener pasos al costado por no querer comerse ningún sapo.

El “juego” está pensado para que las individualidades y sectarismos choquen con instituciones colectivas, vengan de vicios del Estado o sean del ámbito de la sociedad civil, y donde se cristaliza la contemplación de este choque es en el derecho a la protesta.

Es más inteligente dedicar tiempo y acompañamiento al intercambio democrático que, en el peor de los casos, salir al grito pelado que se vayan todos. Después de todo, cuando nos jodemos, nos jodemos todos. Mejor dicho de una forma más positiva, visto desde un comienzo y no cuando la leche ya fue derramada, según un importante pensador nacional: “ la plena realización del ‘yo’, el cumplimiento de sus fines más sustantivos, se halla en el bien general”.

Como proceso de maduración, hay que superar el “dejen gobernar”, y el “armen un partido y ganen elecciones”. Son conceptos de dominación absoluta incorrectos que nos hacen daño, si queremos encontrar un camino en donde cada vez que asume un nuevo gobierno no rompa todo lo que hizo el anterior, si buscamos un fin a esta sensación de bomba por explotar, de los saqueos latentes, de una desestabilización constante, de un volantazo tras otro donde no existe el aprendizaje acumulativo es por acá donde se empieza. Aprendiendo y exigiendo que podamos ejercer ciudadanía.

Por eso, a la orden del gobierno que titula este artículo hay que responderle: No. Ustedes dejen gobernar al pueblo.

Suscribite al newsletter

Recibí las últimas novedades

Publicaciones relacionadas:

Publicaciones recientes: