Sobre un fondo negro con líneas rojas hay un par de sobres de cartas y billetes de 100 dólares. Encima, hay un juego de esposas policiales, una cámara, un rollo fotográfico y tres fotos. En dos se ven indicios que aluden al balneario bonaerense de Pinamar y en la tercera, grande y claro, un rostro familiar; el rostro del fotoperiodista José Luis Cabezas.
Imagen publicitaria de Netflix para el documental: "El Fotógrafo y el Cartero. El crimen de Cabezas"

No me olvido de Cabezas

En 1997, cuando José Luis Cabezas fue asesinado y posteriormente incinerado en un auto en General Madariaga, Provincia de Buenos Aires, yo tenía 8 años. No tengo mayores recuerdos propios de los hechos ni del contexto, pero 25 años después, un algoritmo me incita a ver un documental, y empieza a hacer eco en mi mente la frase “No se olviden de cabezas”.

Es sábado por la noche, me acuesto en el sillón para ver una película con mi novio mientras comemos una pizza y tomamos una birra. Siento que está por empezar el ritual: se viene el scroll infinito en un catálogo interminable, saltando entre apps sin encontrar nada que nos convenza, para terminar con alguna sitcom consagrada en loop de fondo. 

Pero esta vez, no. Esta vez, aparece una foto en la pantalla y capta mi atención. Sobre un fondo negro con líneas rojas hay un par de sobres de cartas y billetes de 100 dólares. Encima, hay un juego de esposas policiales, una cámara, un rollo fotográfico (qué vintage) y tres fotos. En dos, se ven indicios que aluden al balneario bonaerense de Pinamar y en la tercera, grande y claro, un rostro familiar; el rostro del fotoperiodista José Luis Cabezas. Acompañan la imagen letras blancas que titulan: “El fotógrafo y el periodista. El crimen de Cabezas” y una bajada que explica “Este documental explora el asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas, crimen que reveló una conspiración política y financiera, y conmocionó a un país entero”.

En 1997, cuando José Luis Cabezas fue asesinado y posteriormente incinerado en un auto en General Madariaga, Provincia de Buenos Aires, yo tenía 8 años. No tengo mayores recuerdos propios de los hechos ni del contexto, pero 25 años después, un algoritmo me incita a ver un documental, y empieza a hacer eco en mi mente la frase “No se olviden de cabezas”. 

Sí me acuerdo, como si fuera hoy mismo, de ese martes de 2010 cuando mientras cursaba Semiótica un hombre abrió de golpe la puerta del aula, metió un pie adentro y sentenció firme y aplomado: “No se olviden de Cabezas”. Sin esperar respuesta alguna, el hombre cerró tranquilamente la puerta y se fue al aula de al lado. Totalmente sorprendidos, mientras aún estábamos procesando lo que acababa de pasar, escuchamos cómo se abría de golpe la puerta del aula de al lado y de nuevo, con el mismo aplomo, la misma sentencia: “No se olviden de Cabezas”. 

El pasado 19 de mayo, se estrenó por Netflix el documental “El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas”. Dirigido por Alejandro Hartmann, (Carmel: ¿Quién mató a María Marta?), la película aborda los hechos que antecedieron al crimen del fotoperiodista de la revista Noticias, los intereses políticos que suscitó en el marco de la interna entre Eduardo Duhalde y Carlos Saúl Menem, la disputa entre Domingo Cavallo y Alfredo Yabrán, el accionar de la (maldita) Policía Bonaerense y el devenir de la causa judicial de la polque tuvo en vilo a la política y la sociedad argentina a fines de los 90. 

Pero este artículo no es sobre el documental de Cabezas. Eso puede verlo cada uno y cada uno en Netflix por su cuenta (y recomiendo que lo hagan). En el peor de los casos, siempre hay alguien a quien pedirle el usuario y la contraseña. 

Este artículo no es sobre la película. Este artículo es sobre esa consigna popular: “No se olviden de Cabezas”. Quizá el crimen de Cabezas supo encontrar en su tiempo algo parecido a la Verdad y la Justicia, pero el reclamo por la Memoria sigue y seguirá siempre activo.

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