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Alpargatas y libros

El desmantelamiento del sistema público educativo al que apuntan las políticas neoliberales actuales, ha vuelto a poner en el ojo de la esfera pública, el rol de la escuela y los docentes. ¿Cómo conseguir justicia curricular en un contexto meritocrático donde la lógica mercantil y la “desideologización” buscan imponerse por sobre la igualdad de derechos y el acceso a la educación?

Decir que lo teórico no tiene una implicación política, es una lectura errónea y sesgada. El liberalismo metodológico es una clara representación del individualismo que se esconde detrás de la tan nombrada “meritocracia” promovida en ciertos sectores de poder dominante.

Para Adriana Puiggrós: “El meritócrata del Siglo XXI: es el que logra alcanzar metas que se imponen desde la sociedad del conocimiento corporativo, potenciadas por los prejuicios clasistas de los dueños del poder. Para ser meritócrata hay que ganarles a todos, meritócrata sólo hay uno, el que gana la carrera y se compra el Chevrolet. Pero no se trata de una rifa sino de una carrera cruel que deja en el camino a miles y miles de niños y jóvenes cuyo mérito destruye consignándolos como desertores en diversos escalones del sistema escolar, convertido en maquinaria de clasificación social.” 

La masificación de la educación puso a la “escuela bajo sospecha” transformando las reglas del juego escolar. Tal como plantea Dubet “(…) la masificación ha provocado una fuerte diversificación de redes y de ofertas, en la medida también en que las finalidades educativas son múltiples (…)” Donde antes había reglas de selección social, ahora hay de selección escolar. Es claro que la obligatoriedad de la escuela secundaria apunta a incluir a los más desfavorecidos, ya que la clase media la da por sentado, al igual que la educación superior.

El éxito y el fracaso escolar (la meritocracia) no puede entenderse descontextualizado de la realidad social, es decir, tiene condiciones sociales de emergencia que contribuyen o afectan, no sólo el ingreso, sino también la permanencia de los alumnos en las instituciones.

Pareciera que problematizar la trayectoria escolar ha quedado en un relegado segundo plano, para priorizar las notas numéricas que un alumno saca en un examen determinado, sin profundizar en las condiciones en las que el estudiante llega a esa instancia. En este sentido la evaluación es un claro ejemplo de control social. Dentro del ámbito escolar es el examen el que encauza conductas y donde se ejerce una clara relación de Poder – Saber (Foucault, 1991). Allí el individuo es entendido como objeto y efecto de poder, ya que cada sujeto es un caso (objetivado y evaluado) y es así que la pedagogía va a la par de las relaciones de poder disciplinarias.

Todo proyecto político necesita un sistema educativo congruente. Con la vuelta del neoliberalismo salvaje de la mano de Mauricio Macri en la Presidencia, y con Esteban Bullrich como su Ministro de Educación (nunca realizó ninguno de sus estudios en una institución pública) no es de extrañar que la vuelta de los aplazos sea sólo una pequeña parte del retorno a un sistema que expulsa y aleja a los jóvenes de la Escuela (cabal ejemplo de esto es el desmantelamiento de programas como Conectar Igualdad, FinES, y el desfinanciamiento de colegios y universidades públicas).

Es necesario repensar el estilo pedagógico tradicional instrumentalista que se aplica en los colegios y su funcionalidad. No es sorpresivo que al tratar estos temas en los medios de comunicación masivos prime una reacción más sensorio – emocional, en vez de la intelectual reflexiva. La tv no se cansa de repetir la – supuesta – función redentora de la Escuela, pero poco dicen de la responsabilidad del Estado al respecto. Hablar de la Escuela como solución a todos los problemas (delincuencia, drogas, embarazos no deseados) sin mencionar su contexto socio-histórico político, en el que abundan las relaciones de desigualdad entre los agentes, oculta intencionalmente la responsabilidad del Estado respecto de esta temática. El aspecto cognoscitivo es solamente una parte de un problema socioeconómico estructural.

Los docentes, lejos de ser meros transmisores de conocimientos son la columna vertebral del sistema escolar. En la provincia de Buenos Aires hace meses que no tienen paritarias, pese a que la gobernadora María Eugenia Vidal afirmó que si los docentes cesaban sus medidas de fuerza por un sueldo digno se sentaría a negociar paritarias, sin mencionar que algunos servicios como el gas aumentaron en un 500%. En un contexto de fragmentación escolar y de crisis de sentido en cuanto al rol de los docentes y la Escuela es fundamental que su participación no sea restringida sólo a reclamos gremiales o salariales, sino que se amplíe y que sean incluidos en el armado de la currícula escolar.

Durante los 12 años del kirchnerismo, con medidas como la AUH, el Plan Envión, el PROGRESAR y la creación de nueve universidades públicas en el conurbano se trató de acercar a los más desfavorecidos a la enseñanza media y superior, entendiendo a la educación como la posibilitadora de la movilidad social ascendente. Para esto, desde el Estado, se realizaron políticas de Estado concretas apuntando a una “Justicia curricular” educativa que incluyera a los más desfavorecidos, entendiendo que sólo de esta manera, se podría alcanzar una justicia social en la realidad efectiva.

El concepto de “justicia curricular” (Connel)  hace referencia a la posibilidad de garantizar el derecho a la educación de todos los sectores, posicionando a las clases populares como el eje de las políticas educativas y como el centro de la educación, siendo éstos el punto de partida para la elaboración de la currícula escolar. Esto, lejos de la lógica meritocrática, cambia las reglas del juego y pretende generar un sistema educativo más igualitario, fomentando los estudios superiores y la inserción laboral de los sectores más desfavorecidos e históricamente relegados. 

Claramente hallamos una disputa política en el currículum escolar. En este sentido, en el año del Bicentenario, desde la Presidencia de la Nación se emitió una serie de manuales que  hacían foco en la historia (no oficial) contada por los sectores sociales subalternos (mujeres, minorías raciales, pueblos originarios) institucionalizando y dándole voz a una parte de la sociedad que hasta ese momento, había sido acallada. El entonces Ministro de Educación de la ciudad, Esteban Bullrich decidió quitarlos de circulación, con la siguiente justificación: “Como ministro de Educación no puedo permitir que se publiquen materiales con alguna tendencia ideológica” (sic). Como si la historia que aprendemos en el colegio fuese neutral y no tuviera una carga ideológica y política: hablamos de campañas a un desierto que no estaba desierto en vez de un genocidio, del “descubrimiento” de un continente que ya tenía habitantes y de una barbarie que se alejaba de una supuesta civilización blanca y europea.

Bullrich tiene una concepción del docente que, según los propios profesores: “lo vacía de subjetividad y de capacidad de selección, de sentido crítico y de creación de estrategias; y una concepción de los estudiantes como tabula rasa. Parece entender que la profesión docente se limita a repetir mecánicamente cosas que vienen en materiales”.

En esta línea, de parte de los sectores que mercantilizan la educación ha tomado fuerza el concepto de “calidad”. Es interesante indagar qué criterio se utiliza para definir lo que es calidad (y qué no) ya que la medición de la misma se lleva a cabo por pruebas estandarizadas globales (privadas), inscripta en rankings internacionales donde priman las visiones de los países del primer mundo.

Una nota del Diario La Nación del año 2016, lejos de problematizar las condiciones de desigualdad con las que los niños llegan a la escuela, planteaba: “Deberíamos, pues, dejar de proteger a los niños al evitarles supuestas frustraciones como hoy lo hacemos. Debido a nuestra comodidad, amparada por teorías pedagógicas en boga, desde las escuelas arrojamos al mundo a muchos pobres ignorantes que no logran comprender lo que sucede en él. Esto es fruto del hecho de que cada vez enseñamos y exigimos menos” tribuna de doctrina, el matutino claramente tiene una visión de la educación similar a la que posee el gobierno de Cambiemos y bajo una lógica meritocrática boga porque la escuela siga siendo una institución que reproduzca las desigualdades sociales en vez de concebirla como un espacio de inclusión y progreso. Lejos y guardados en un cajón quedaron aquellos postulados de Evita que afirmaban: “donde existe una necesidad nace un derecho”, estas cuestiones parecieran no tener lugar en la sociedad actual.

Con una crisis social emergente, que incluye aumentos de tarifas, cientos de miles de despidos y una pobreza ascendente, sería interesante preguntarle a los promotores de la meritocracia, cómo hace un niño para pensar si tiene la panza vacía o si no sabe si tendrá un techo que lo ampare en la noche.

Todo pareciera indicar que asistimos al desgranamiento del sistema público escolar, mediante su desfinanciación y vaciamiento, para abrirle paso a una educación para pocos que garantiza la distinción mediante la asistencia a establecimientos privados con cuotas económicas elevadas (práctica realizada por el ministro de educación actual con sus propios hijos).

Como planteaba un cartel durante la campaña presidencial del 2015: “Macri es la fiesta a la que nunca te van a invitar”, la fiesta para rubios ricos que manejan chevrolets y mandan a sus hijos a colegios de elite para seguir acentuando la diferenciación y agrandando la brecha entre los que más y menos tienen, trazando una frontera cada vez más amplia con unos otros negros, feos, pobres y malos. 

Parece que para la mayoría de la sociedad la Revolución de la alegría tendrá que esperar, pero mientras tanto…nos siguen pegando abajo.

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