Las calles de la Habana. Cuba. Un pintorezco auto antiguo color celeste, las casas pintadas de colores pasteles complementarios: rosa, celeste.

La Habana de pie. Una crónica por las calles cubanas

Caminar por la capital cubana impone el desafío de lo impensado, implica la sorpresa constante, en cada esquina, con cada interacción. Recorrer sus calles, es recorrer la historia viva de una ciudad que resurgió mil veces de sus cenizas y arroja a cada paso retazos de lo que fue, asimilados perfectamente a lo que hoy es.

Son las seis de la tarde y el sol se escondió sin despedirse en La Habana. La cálida tarde de invierno le cedió su turno a una noche oscura en la que las calles aparecen tenuemente iluminadas. En cualquier otro país latinoamericano, esto podría alarmar al turista. En Cuba no. En la isla no hay reloj que marque el ritmo ni horarios vedados para transitar libremente por sus calles. 

La ciudad sigue despierta, ofreciendo rincones donde perderse para encontrarse. El baile del mar, la suavidad de la arena y la ligera sombra que proveen las palmeras durante el día, se van quedando sin testigos. Los bares y restaurantes reciben alegremente a quienes quieren continuar descubriendo lo que Cuba tiene para ofrecer. 

La Bodeguita del Medio es el destino predilecto de una amalgama extraña de turistas, el sonido ambiente son los distintos idiomas entremezclados y el esfuerzo entre unos y otros por hacerse entender. Cuenta la leyenda que es el bar que prepara los mejores mojitos y que por eso, el escritor Ernest Hemingway solía frecuentarlo. Sus paredes están preparadas para inmortalizar nombres y mensajes de quienes tuvieron el placer de conocerlo.

Cuba: Aquí se respira lucha

La Habana nunca duerme, los días parecen no terminar y a los turistas no les queda más que bailar al son que les propone el pueblo de la sonrisa a flor de piel. A las playas de ensueño y las noches breves de “parranda” asegurada, se le suma un ciudad que cuenta su historia en cada esquina.  

Víctima de piratas y corsarios franceses durante la primera mitad del siglo XVI, usada como punto de concentración de las naves de la Corona española procedentes de las colonias americanas, zona residencial de las clases acomodadas hacia 1863, aún conserva retazos de todo aquello a la vez que se adapta a su historia más reciente.

El Capitolio Nacional, construido en 1929 para alojar al Senado y la Cámara de Representantes es hoy la Academia de Ciencias. El Palacio de la Revolución, aloja las sedes del Consejo de Estado. Su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987. En cada rincón perdido se encuentra un tesoro por descubrir si se le tiene paciencia a una ciudad que por momentos puede resultar agobiante.

Postales del paraíso

Caminos que invitan a perderse para encontrar la memoria viva de un pueblo que jamás se arrodilló. El sol que arde en la piel de quienes se le animan. Viajeros que no logran incorporarse al ritmo de una ciudad vertiginosa. Taxis a cada paso. Ferias de libros y de artesanías. La Habana le escapa a las clasificaciones, a los reduccionismos. Recorrerla es sentirla en las venas.

A la historia y el clima tropical de playas paradisíacas se le suma una arquitectura colonial que reúne rasgos de moro, español, italiano, griego y romano. La Habana es una fotografía permanente que sólo se descubre caminando sin destino fijo ni paquetes turísticos que pretendan resumir una ciudad tan compleja en cuatro esquinas fácilmente googleables. El desafío es volver a casa con mucho más que imágenes reproducidas hasta el hartazgo por un sistema que quiere contar del modo que más le conviene la historia de Cuba.

Siempre amables y dispuestos a conversar, los cubanos suelen ser los mejores guías turísticos. Conocer La Habana es conocer a su gente, su forma de vida, es recorrerla a pie, sin miedo y a cualquier hora. Es tomarse un “bicitaxi” para llegar al lugar de alojamiento a reponer energías, y conversar con el conductor mientras esquiva pozos. Es también comprar un habano en una casa perdida. 

Conocer La Habana es librarse de los prejuicios, correrse del lugar protagónico, no intentar defender ni juzgar en quince días de vacaciones un proceso histórico de más de cincuenta años, de un pueblo bloqueado económicamente, que sobrevive a base de tozudez y dignidad, con la frente en alto, el ritmo en las venas y la certeza de que es preferible morir de pie que vivir de rodillas.

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